domingo, mayo 25

El ritual y la libertad

Ayer un buen y doctísimo amigo me recomendó tres blogs que yo desconocía. Los he mirado y añadido de inmediato a mi lista. En uno de ellos he descubierto una entrada que me ha parecido poderosísima:

Livio 34,9

Te diré que vivimos en una pequeña y estrecha península. Durante la noche, un tercio de nosotros hace guardia sobre el muro, porque, a pocos pasos, hay otra ciudad, la amenazante ciudad de los bárbaros, que son muchos y muy violentos. Dos ciudades contiguas o la misma ciudad partida en dos, como quieras. La única manera de sobrevivir teniendo en cuenta nuestra inferioridad es convertir en neurosis la disciplina. Cada uno de nosotros sabe lo que tiene que hacer y cuándo, y cada uno repite mecánicamente eso que tiene que hacer. El ritual es la defensa de nuestra libertad. El peligro siempre está ahí, a las puertas, pero la exactitud reiterada de nuestros movimientos parece poner una segunda barrera entre nosotros y los bárbaros. A nuestras espaldas, la confiada ciudad; más allá, el mar y sus inseguros caminos, que son nuestra única vía de escape. Delante de nosotros, los bárbaros y, a sus espaldas, la tierra, la inmensa tierra firme que no podemos pisar.


Ayer mi amigo me insistía en la necesidad de volver a los clásicos. Yo le dije que la vida y la capacidad solamente me daba para llegar al siglo XIX. Después de esto, lo tengo claro: hay que volver a los clásicos, en mi caso solamente ir porque aparte de un intento pre-adolescente y frustrado con La Odisea, no he hecho nada más.



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3 comentarios:

Cruz y Fierro dijo...

Al mismo tiempo que leía este texto, estaban pasando en la televisión la segunda de El Señor de los Anillos, "Las dos torres". ¿Casualidad?

Embajador en el Infierno dijo...

¿No me digas que crees en la casualidad?. Je, je

AMDG dijo...

Cuando se es menor hay que leer versiones “ad usum delfinem” de los clásicos. En el caso de la Odisea se impone una versión acortada. La Iliada es solo para mayores, entre otras cosas por la violencia extrema que gasta. “La cólera canta, ¡oh musa!, del Pélida Aquiles…”