jueves, junio 5

Economía, economicismo, economicitis


Perdido en las inmensidades (¡cof, cof!) de los comentarios de esta bitácora hay una pequeña joya de esas que deja mi buen amigo Yurremendi de vez en cuando. Advierto que yo todavía lo estoy digiriendo pero seguro que algún lector habitual es más capaz de hacer comentarios sabrosos. La pongo debajo sin más preámbulo:

Embajador- Muchas gracias por la respuesta; ahora me toca a mí. Tú has enfocado el tema desde el lado de la economía de empresa, que es, a mi modo de ver, una especie de know-how (en sentido lato), una especie de saber operativo, en este caso, el saber operar con beneficio en el marco de una determinada economía. La cuestión es entender el « comportamiento económico del hombre » que hace posible precisamente esa economía de empresa.

El presupuesto de un comportamiento económico racional sobre el que se construyen los modelos clásicos del capitalismo liberal, o de la economía del mercado, es desmentido por los fenómenos del jarabe de cola, las pulseras de colorines y miles de ejemplos más. De hecho, yo diría que es cada vez más difícil, en el estado actual de la economía occidental, encontrar comportamientos económicos racionales.

Tampoco los modelos fundamentados sobre la satisfacción óptima de las necesidades básicas tienen mucho que decir en una economía - que Galbraith denominaba the economy of opulence- que se nutre de pseudo-necesidades. Mi impresión es que la distinción fundamental ha de hacerse siguiendo un doble criterio : 1) distinción entre una economía de la « pobreza » (que no de la miseria ni de la mera subsistencia), y una economía de la riqueza, que es en la que vivimos, y 2) distinción entre una economía integrada en la sociedad, y una economía disociada de la misma, que es la nuestra (luego explicaré a qué me refiero exactamente).

Según el primer criterio, en una economía de pobreza el comportamiento económico tenderá a satisfacer las necesidades básicas de manera racional, o razonable, pero entendiendo la racionalidad del comportamiento económico como la buena adecuación entre los fines económicos (cubrir las necesidades básicas de alimentación, vestido y vivienda) y los medios disponibles. Una « buena adecuación » presupone en primer lugar la eficacia (las necesidades serán efectivamente cubiertas) y en segundo lugar la eficiencia (lo serán con el mínimo coste económico posible). La eficacia es una condición necesaria, la eficiencia es una tendecia deseable, una « optimización ».de los medios disponibles.

Ahora bien, la racionalidad económica intrínseca en una economía de pobreza es principalmente una racionalidad tradicional, o empírica, no una racionalidad entendida (un tanto estrechamente) como un discurso racional abstracto, como un cálculo, ya sea individual o colectivo. Las economías tradicionales (que son economías de pobreza) son siempre racionales, en el sentido de que la experiencia acumulada secularmente ha dado con ciertas fórmulas perfectamente adecuadas el fin económico perseguido. La economía yanomami, por poner un ejemplo extremo, es ceteris paribus perfectamente racional para el fin que persigue, que es la subsistencia y la perpetuacion de la sociedad yanomami. En este sentido, creo que un modelo fundamentado en la racionalidad (definida en un sentido amplio) puede ofrecer una explicación aceptable del comportamiento económico humano, pero sólo hasta cierto punto (la tendencia humana a satisfacer las posibilidades inferiores de su naturaleza puede empujar al yanomami a adoptar comportamientos « anti-económicos » , por ejemplo, a hacer la guerra a su vecino, a la destrucción, como de hecho sucede).

En una economía de la abundancia, o de la riqueza, donde las necesidades básicas –que no suponen más que una parte de la economía- están de sobra cubiertas, el margen para el comportamiento irracional es mucho mayor. ¿Qué racionalidad podría gobernar el ámbito del consumo innecesario? El consumo innecesario puede permitirse el lujo (precisamente) de no atarse a ningún comportamiento racional, de someterse sólo al capricho, ya sea individual, ya sea colectivo (y el capricho colectivo es el fenómeno de la moda). Supongo que ya habrá teóricos que pretendan explicar el comportamiento económico humano en una economía como la nuestra proponiendo modelos fundamentados en los procesos estocásticos (procesos en los que se combinan factores determinados –las necesidades básicas- y factores aleatorios –el consumo innecesario), pero la determinación de unos y otros factores se me antoja en sí misma una tarea ingente. Yo propondría tratar de establecer una correlación entre el nivel de opulencia de una economía y el grado de irracionalidad de los comportamientos económicos : estoy seguro de que a mayor opulencia, hay mayor irracionalidad, y que, por tanto, cuanto más se enriquece globalmente una economía, más difícil es comprender su comportamiento en el presente, y predecir su comportamiento en el futuro.

El segundo criterio que he mencionado tiene también su importancia (y me llevará a hablar también de marxismo, ya verás). Creo que se puede distinguir, por lo menos idealmente, entre una actividad económica integrada en la vida y la cultura de una sociedad, y una « economía » disociada de una sociedad, de una cultura. Como adivinarás, lo primero apunta hacia una sociedad tradicional en la que no existe una cosa abstracta llamada « economía » (en el sentido de macroeconomía, no en el sentido original de la oikonomia, del arte de gobernar una casa próspera), una sociedad donde los comportamientos económicos vienen determinados –o condicionados- por la cultura tradicional, y donde no se ejerce una racionalidad económica disociada de la racionalidad última del orden social. Aquí, como te darás cuenta, no es « irracional » (por ceñirnos al caso europeo) la existencia de mayorazgos vinculados, ni de manos muertas, ni de esos gremios y corporaciones tan anti-económicos. El capitalismo liberal viene a romper con todo esto, precisamente porque disocia la racionalidad económica de la sociedad donde ésta se inscribe, y lo hace movida de su fascinación ante… la riqueza (acuérdate de « La riqueza de las naciones », de Adam Smith). De aquí procede el economicismo que sufrimos. La disociación de la economía con respecto del orden social tradicional supone que muchas instituciones deben ser « sacrificadas », y con las instituciones, los hombres.

Una vez descubierto el mecanismo del enriquecimiento capitalista (es decir, una vez descubierto que el capitalismo puede generar mayor « riqueza » destruyendo la sociedad) los fines económicos ya no son definidos por la sociedad en su conjunto, por la racionalidad tradicional, sino que el nuevo fin económico consistirá precisamente en… la economía, en la riqueza. El marxismo que has mencionado –y acusado de ser mera ideología- es hijo directo del capitalismo liberal, y todo lo ha aprendido del capitalismo liberal, empezando por el análisis « racional » de la economía entendida como un ámbito disociado de la cultura, de la sociedad gobal. Y es que además lleva esa disociación a sus últimas consecuencias : el marxismo considera que la cultura, las instituciones, los valores, las creencias de una sociedad (la superestructura) vienen determinados por el sistema económico, y que para cambiar el sistema económico y reducirlo a un sistema perfectamente racional y equitativo, es necesario destruir las instituciones de la sociedad burguesa (y las instituciones pre-burguesas) que aún quedaban en pie. El marxismo no cae en la cuenta, sin embargo, de que su propia ciencia económica, su análisis económico racional, que no es precisamente una actividad económica, pertenece al ámbito de la superestructura, y que de acuerdo con una interpretación marxista rigurosa, el marxismo es una excrecencia del sistema económico capitalista burgués. Lo que me lleva a señalar que ninguna ciencia (aun menos la pseudo-ciencia que es la economía) puede encontrar en sí misma su propia justificación, ni siquiera las ciencias más rigurosas y « serias », como la física.

El sistema económico que sufrimos no puede justificarse en términos económicos, porque la economía no puede seguir siendo el fin mismo de la economía ; y sin embargo, eso es lo que pasa, y ese el el discurso más o menos predominante en los Ministerios de Economía. El deseado fin último parece ser la opulencia, pero de alguna manera ha de decidirse para qué se desea la opulencia. Hoy por hoy, quien pone en entredicho la economía de la opulencia es considerado un chiflado. Y sin embargo, el estado económico normal del hombre es la pobreza.

En suma, yo creo que los fenómeno similares al del jarabe de cola sólo son posibles en una economía disociada de una cultura tradicional, donde el fin económico último es el aumento de la riqueza, y donde el aumento de la riqueza genera un comportamiento macroeconómico crecientemente irracional.


7 comentarios:

Tumbaíto dijo...

Pues yo creo que es porque la cola casa a las mil maravillas con las comidas del Imperio.

Las comidas del imperio son las que se sirven en los comedores del imperio.

El MCdonald's es un comedor del imperio pero no es el único.

Anónimo dijo...

Quizas deban leer este libro. Se halla en el blog de cruz y fierro en la sección libros :
Julio MEINVIELLE Concepción católica de la Economía
Tambien lo pueden descargar junto a Julio MEINVIELLE Concepción católica de la Politica, en el mismo lugar.
SAludos sudacas

rufuks dijo...

Totalmente de acuerdo con el artículo, ahora también desde mi punto de vista es importante analizarlo desde un punto de vista religioso es decir de la “Ética protestante del capitalismo”.
Sin enrollarme demasiado. Desde un punto de vista protestante la finalidad del enriquecimiento es el ahorro, desde un punto de vista católico la finalidad del enriquecimiento es la “inversión” en el bien común. Es decir, partiendo de la teología de la predestinación si ya estamos juzgados de antemano las obras no son necesarias por tanto hagamos mucho bien o mucho mal no nos servirá de nada. Desde un punto de vista católico las obras son de vital importancia para nuestra salvación ahí es donde juega un papel fundamental el enriquecimiento personal. El mundo anglosajón se enriquece y ahorra por que no tienen un deber moral de reinvertir su riquezas en el bien común (hospitales, orfanatos, desarrollo de lugares o países sumergidos en la pobreza, etc) y es que el tema de la predestinación entra de lleno en esta actitud. Últimamente las empresas anglosajonas si que reinvierten en asuntos para el desarrollo pero debido únicamente a cuestiones de imagen y de marketing indirecto. A mi personalmente me queda clarísimo que para que naciera el capitalismo las sociedades debían romper con su Fe Católica, romper en definitiva con sus obligaciones morales en el campo de la economía.

bitdrain dijo...

Pues no esta nada mal el enfoque pero demasiado adornado con tecnicismos que no son tal y que terminan cubriendo la idea de fondo.

Embajador en el Infierno dijo...

Anónimo sudaca- Muchas gracias por la recomendacion, que seguir, no te quepa duda.

Bitdrain- ¿Qué tecnicismos te parecen innecesarios?

Anónimo dijo...

A usted, Embajador.Me alegra que haya podido echrle un ojo.
Saludos cordiales
Anonimo sudaca

Cruz y Fierro dijo...

Excelente el comentario de Yurremendi. Para complementar y ampliar se podría recomendar mucho, creo que un buen comienzo es "Lo pequeño es hermoso" de E.F. Schumacher. El mismo autor tiene un par de obras más profundas sobre el tema: A Guide For The Perplexed (Una guía para los perplejos, crítica del cientificismo) y, sobre todo, Good Work (Buen trabajo, que dice algo muy parecido a lo que comenta Yurre).