domingo, agosto 10

Yo tampoco



Me uno a la iniciativa de H y al recuerdo de Ignacio.

Lea lo que otros dicen sobre: , , ,

6 comentarios:

Ignacio dijo...

Gracias por la referencia.


Mis saludos sra. Embajadora

H dijo...

Me parece muy bien. :) Gracias.

Cesar dijo...

Me niego a sumarme al embeleso-embeleco de las Olimpiadas. Y no es porque sea China la anfitriona. Porque, aunque Abimael Guzmán diga que es hijo de Mao, a mí el Central Imperio que inventó el papel siempre me ha merecido mucho respeto.
En cambio, las Olimpiadas siempre me han producido el mismo mortal aburrimiento.
Para empezar, la frase esa que Juvenal puso en sus “Sátiras” -eso de mente sana en cuerpo sano- resulta ampliamente desmentida en muchos gimnasios, en la mar de discotecas y se diría que en la totalidad de los establecimientos dedicados al patrístico oficio del puterío.
Yo conozco a gente que sale a correr con uniforme de campeón declatonista y que hace pesas y respira como un fuelle automatizado y que, sin embargo, le pega a su mujer, patea el perro del vecino cada vez que no lo ven y ama intensamente a Fujimori, con Saravá y todo.
Y lo que no se dice de la tal batalla de Maratón, es que el famoso mensajero, el que corrió a avisar a los atenienses de que los persas habían sido derrotados por Milcíades, terminó muy mal porque cayó muerto por el esfuerzo apenas llegó a la ciudad. O sea que la leyenda del deporte greco-olímpico empezó con un fracaso atlético de consecuencias mortales, consecuencia de una exigencia de naturaleza criminal.
Me captura el fútbol pero el olimpismo me da grima. Y es que en el fútbol se emplean el cerebro, la malicia y hasta la conspiración corporativa, pero no hay nada más lejano del plano encefálico y de la densidad neuronal que un corredor que ya no tiene nada que improvisar o que un lanzador de balas que se la ha pasado lanzando balas durante tres horas diarias los últimos cuatro años de su vida. ¡Socorro!
Ese olvidado pero importante escritor que se llamó Jean Giraudoux fue campeón nacional francés de los 400 metros planos cuando estudiaba en la Escuela Normal Superior y, muchos años después, escribiría un raro libro que tituló “El deporte”. Allí escribió esta frase agudísima: “El deporte consiste en delegar al cuerpo algunas de las virtudes más fuertes del alma: la energía, la audacia, la paciencia”.
Pues bien, yo no creo en esas delegaciones. Comparto, más bien, la creencia de quienes piensan que el cuerpo es prisión, miseria dispéptica, puñalada renal, condena gravitatoria. O sea que padezco de un agnosticismo de indeleble marca judeocristiana.
Mis únicos recuerdos adolescentes de verdad espantosos son los de un cornetudo toque de diana a las 5 y 45 de la mañana, un buzo puesto entre apuros, los gritos de un teniente llamado “Pluto” y una marcha a paso ligero hacia la clase de gimnasia. Por eso es que durante años me vengué negándome las primeras horas de la mañana y jurando que no haría nunca lo que el maniático de Buffon le mandó hacer a su mayordomo para poder escribir a marchas forzadas su “Historia natural”: despertarlo antes de las seis de la mañana con un jarro de agua fría en la cara.
Resultará entonces que la señorita Mengana batirá la marca del salto con pértiga, que Perencejo lanzará la jabalina doce centímetros más allá que el bodoque polaco de la última Olimpiada, que saldrá un jamaiquino o un hijo del Bronx y rebajará en 9 milésimas de segundo los 100 metros llanos. Y así sucesivamente.
Y, además, hay 204 países representados. ¿Es que hay 204 países en el mundo? ¿Usted puede creer que Tonga, un archipiélago oceánico y monárquico de 700 kilómetros cuadrados, está allí para competir? ¿O que alguien de la delegación de Madagascar subirá a un podio? ¿O que las gimnastas de Bonaire resplandecerán de llamadas? ¡No, por supuesto! Hay una docena de competidores y los demás, incluyendo a la delegación peruana, son comparsa y extritas.
Por último, ¿no es obsceno que China se jacte de haber gastado cuarenta y dos mil millones de dólares en organizar toda esta vaina? ¿Qué pensarán los países pobres que creyeron que la prosperidad de la República Popular China tendría otros ingredientes y bastante menos frivolidad?
Bueno, pensarán lo correcto. Que China ha pasado por el aro. Por los cinco aros del suntuoso olimpismo.

Eduardo Cabrera dijo...

Sinceramente, el falso boicot a China por los Juegos Olímpicos (falso porque sólo es deprecio informativo, no boicot económico real en modo alguno) me parece hipócrita.

Pero además, y habiendo en China muchas cosas que criticar y por las que luchar,
hay muchas razones para el no al boicot.

Y finalmente, siendo una de mis hijas china de nacimiento y nacionalidad, y un orgulloso ejemplar de la raza asiática, yo, personalmente, me niego al boicot, aunque no a rezar, contribuir y hacer cuanto esté en mi mano para que muchas cosas cambien.

Me disculparán si limito mi intervención en esta entrada a las afirmaciones anteriores. Otras personas, mayores conocedores de la situación y más entendidas que yo, debaten profundamente a favor y en contra desde hace muchos meses. Lo anterior es sólo mi postura.

Saludos

Embajador en el Infierno dijo...

Ignacio/h- De nada.

Cesar- He disfrutado mucho tu comentario. Particularmente tus recuerdos adolescentes que se parecen curiosamente a "La ciudad y los perros".

Yo soy más de los de "Mens sana in corpore insepulto", siendo siempre inútil para el deporte. Pero no puedo evitar extasiarme con las competiciones deportivas, sean las que sean.

Y si, es una obscenidad la cantidad de dinero gastada en la adoración del hombre, porque no nos engañemos que al fin y al cabo todo esto de los juegos no es nada más que un espectáculo masónico con claras intenciones tanto empresariales como pedagógicas.

Supongo que la única persona decente que haya tenido que ver con la historia de las olimpiadas fue la reina Guillermina de Holanda que en todo su protestante rigorismo se negó a inaugurar los juegos de 1928 por tener estos total y absoluto desprecio hacia la Ley de Dios.

En cualquier caso a mi me gustan (ya se sabe que lo que no es pecado, engorda) y me supone un considerable esfuerzo ignorarlos.

Eduardo Cabrera- Su postura es bienvenida por más que disienta de ella. Lo dije en su momento y lo repito: "Mi sugerencia es que paséis de las Olimpiadas y dediquéis el tiempo que pensabais estar viendo las carreras de atletismo o el concurso hípico a rezar por los chinos y tibetanos en general, y los católicos en particular."

Obviamente no tengo nada en contra de los chinos como tales, pero creo que reír las gracias a sus dirigentes hace poco por cambiar la suerte de mis hermanos en la fe de aquel país. Tan simple como eso.

o s a k a dijo...

en solidaridad con vosotros y los millones de chinos sin voz, no he visto ni una sola prueba deportiva en estas dos semanas

las he dedicado a algo mucho mejor, como tomar instantáneas en Londres

un abrazo a todos

n a c o
especialmenteatiatiyati