jueves, diciembre 11

Ahora Información No. 94



EDITORIAL

Nuestro reconocimiento. Nuestra gratitud. Nuestra lealtad.

Reconocimiento, en primer lugar. Sin duda, estos hechos de nuestra historia, y las causas que los motivaron, nos han sido vetados. Y lo siguen siguiendo para generaciones de españoles, que desconocen las gestas de sus padres, y merced a las cuales, todavía al presente se plantean cosas y cuestiones en España superadas ha tiempo en longitudes y latitudes europeas. Don Carlos no habría tenido en lo personal dificultad alguna, si hubiera dicho sí a un trono anclado en la revolución. La cuestión dinástica, con ser verdadera, difumina el tema de fondo, que es tema mayor: La libertad de la Iglesia y la libertad de la Patria. Ahora, don Carlos dijo no a esa perspectiva, y dijo sí a la libertad de la Religión y a la Corona Misionera por Católica. Solo aparentemente el destierro y los huesos fuera de la propia tierra suponen un fracaso. Porque afirma la victoria de la conciencia. Y con él, la de los millares de voluntarios que alzaron las armas por Dios, Patria y Rey. Gratitud, pues. Es mucho lo que les debemos, comenzando por el bien de la fe. Gracias a su actitud, cifrada en una voluntad libre y mantenida, por encima de mil peripecias y un sin número de dificultades de todo tipo. Es probable que algunos consideren este comentario editorial como un cierto despropósito. No lo pensamos en absoluto. Junto al bien de la fe, lo que haya subsistido de libertad personal y social, a ellos se lo debemos. Al menos en cuanto a la misma resistencia que se opuso al estatismo de la revolución, devastador de lo humano. Lealtad, al fin. Un reconocimiento agradecido que no descanse en una afirmación de la verdad histórica encierra un cierto contrasentido. De ahí que la lógica admiración ante quienes no negaron nunca a Jesucristo sosteniendo el ideal político de nuestra España, se concrete para nosotros en nuestro ser carlista. Hoy y aquí.



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