
- Déjame que te hable de mis murrias, como las llaman. Te explicaré por que es tan injusto compararme con Nerón. Te voy a explicar, de una vez para siempre, lo de mis murrias. Quiero que lo entiendas. Nerón tenía murrias. Yo lo he leído. Era un tipo brutal, un esteta neurótico. Gozaba realmente destruyendo cosas y viendo padecer a la gente. Yo soy lo contrario. No vivo más que para otros, para enseñarles, para evitar que hagan tonterías, para construirles edificios. Mira lo que he hecho hasta en Roma. Mira las iglesias y las fundaciones. ¿Tengo favoritos?. Ni siquiera tengo un amigo. ¿Doy orgías?. ¿Bailo, canto y me emborracho? ¿Disfruto de alguna manera?. Yo diría que mis recepciones son las fiestas más aburridas que se han dado en el Palatino. No hago más que trabajar. A veces siento que el mundo entero, todos menos yo mismo, se ha detenido, como si todos los demás estuvieran von la boca abierta esperando a que haga algo por ellos. Apenas son seres humanos; son cosas que estorban, que están donde no deben estar y que hay que mover y utilizar o tirarlas. Nerón creyó que era Dios, idea blasfema e indecente. Yo sé que soy humano. En realidad, a menudo siento que soy el único ser humano en toda la creación. Y eso no tiene nada de agradable, te lo aseguro. ¿Comprendes, mama?
- Sí, perfectamente.
- ¿Qué es eso, entonces?
- El poder sin la Gracia - respondió Helena.
- Ahora vas a empezar tú a darme la lata con lo del bautismo.
- A veces - continuó Helena- tengo un terrible sueño del futuro. No ahora, pero pronto, la gente olvidará su lealtad a los reyes y emperadores y se adueñara del poder. En vez de dejar que una víctima soporte esta espantosa maldición, la tomará a su cargo cada uno de ellos. Piensa en la desgracia de todo un mundo poseído de poder sin Gracia.
- Sí, sí. Todo eso esta muy bien; pero, ¿por que he de ser yo la víctima?
- Hace unos años hablamos de eso, ¿te acuerdas?, cuando ibas camino a Britania a ver a tu padre. Siempre he recordado tus palabras. Tú dijiste: «Si quiero vivir debo decidirme a gobernar».
- Y sigue siendo verdad.
- Pero no sin Gracia, Constantino.
- ¡El bautismo! Al fin siempre se vuelve a eso. Bien, me voy a bautizar, no tengas cuidado. Pero todavía no.
(Tomado de la novela "Helena: Emperatriz y santa" de Evelyn Waugh








