Sospecho que a Fray Fanatic y yo tenemos un problema similar y opuesto: nuestras más recientes entradas nos están dejando a ambos estupefactos. Le leo desde hace tiempo y aprecio, sobre todo, su poco habitual sentido común. Pero, repito, algunas de sus últimas entradas me dejan alelado. Por ejemplo
esta última a la que he querido contestar en su propia bitácora pero como el sistema que tiene me cabrea enormemente he desistido y lo hago aquí. Allá vamos:
Si planteas el problema como un conflicto de derechos en el terreno del derecho positivo inmediatamente te insertas en el marco de referencia revolucionario-liberal. Y dentro de ese marco de referencia el derecho positivo, como reflejo de la soberana voluntad popular, es la única fuente de moralidad. De modo que te has contestado a ti mismo. La ley manda, y toca callarse y aceptarla con entusiasmo. En este caso y en este momento el conflicto de derechos se soluciona en favor del grupo de minusválidos, hasta que el sistema decida otra cosa cuando la mayor presión de un grupo de interés más fuerte consiga modificar la soberana voluntad popular y establecer que, porque yo lo valgo, el otro grupo tiene más derechos. Tu papel se debe limitar a ensalzar lo extraordinariamente acertada y justa que es la ley.
Como guinda deberías ademas criticar la actitud decididamente
farcista de los dueños del local por pretender saltarse una normativa perfectamente engarzada en la constitución que nos hemos dado nosotros a nosotros mismos por la gracia de la transición.
Al final es un simple problema de quien es capaz de ejercer más presión, defender más adecuadamente sus intereses privados, ejercer más violencia y demostrar que manda. A eso lo llaman (erróneamente, por supuesto) "bien común". Y en esta dinámica me temo que tienes todas las de perder. La izquierda del sistema siempre, siempre, gana. Lo viene haciendo desde 1789 sin solución de continuidad.
Como comprenderás yo todo eso me lo paso por el arco del triunfo y lo que pienso es en el deber (¡oh, he mencionado la bicha!) que todo cristiano tiene hacia su prójimo como vía de santificación. Entiendo yo que en una sociedad cristiana el propietario del local sería muy dueño de hacer lo que le viniera en gana y de permitir o no la entrada a quien se le antojara, que para eso el bar es suyo. Por lo demás, la sociedad misma (no el estado, ni la ley, ni los derechos) se encargaría de corregir la falta de caridad de este señor, por su propio bien, a través de infinidad de medios que pueden ir desde la conversación amistosa y fraternal hasta el simple boicot. Si ese señor no quiere permitir la entrada en el local a unos chicos por el mero hecho de ser mongólicos, entiendo que yo no pinto nada en dicho local.
No entro en casuísticas de si, por ejemplo, un chico en silla de ruedas podría poner su seguridad o la de los demás en riesgo en caso de siniestro en local, etc, etc... Me interesa el caso general.
Dicho todo lo cual seguro que más de uno se sonríe con las ocurrencias buenistas del Sr. Embajador. Bueno, pues afirmo sin rubor ninguno que lo anteriormente dicho funciona en comunidades medianamente vertebradas por un sustrato católico. Y lo afirmo porque lo he vivido.
Algún día me decidiré, por fin, a investigar un poco en profundidad y traer a este blog la organización social de los barrios de Siena, y se verá lo que quiero decir.
Y como colofón, mi idea de siempre: leyes cuantas menos mejor, pero que se cumplan.