martes, junio 26

Libros: A handful of dust

Pues eso, una vez más aquí me tenéis disfrutando como gochoncillo en el barro con las novelas de Evelyn Waugh. El problema es que me siento poco capaz de sacarle jugo al libro y poder explicarlo con un poco de "fundamento". A lo mejor algún amable lector lo puede hacer en los comentarios.

A handful of dust nos retrotrae (y no estoy seguro de esto último y ahora diré porqué) a la alta sociedad inglesa de entreguerras. Digo que no estoy seguro porque la trama gira entorno a una mujer que aburrida de la vida en general, y de su marido en particular, decide correrse una aventura con el primero que pasaba por allí. Un sujeto gris y completamente inane.

Pues resulta que esa trama va haciéndose tristemente familiar en la España de nuestros días. Demasiados casos conozco. Por eso no creo que "retrotraer" sea la palabra adecuada. Dice una crítica de la contraportada que Waugh hace una crítica sarcástica de la sociedad de su tiempo, y como digo, me parece que esos tiempos han vuelto. A lo mejor hace 100 años eso ocurría entre las mujeres de la alta sociedad inglesa. Ahora el aburrimiento vital y su consecuente ruptura familiar está por todos lados. Por todos.

Dicho lo cual, el libro me atrae por lo que me atrae siempre Waugh, o sea, por la descripción de aquella coyuntura y por sus personajes. Particularmente los niños. Es cosa rompedora el como los describe. Parece que está metido en su misma piel.

En fin, la novela tiene de todo incluyendo la tragedia y el humor más desternillante (pero de carcajadas ¿eh?). Lo que no he sido capaz de entender de ninguna forma es el final, un final tan sumamente desesperanzador. Agradeceré particularmente los comentarios sobre este punto.


sábado, junio 23

Portada bárbara y mejor editorial


Es el número 116 de le revista Ahora-Información, órgano de la Comunión Tradicionalista. Animo a suscribirse llamando al teléfono 913994438. Hay en este número, como en todos los anteriores, muchos y muy buenos artículos. Pero me quedo con el editorial que transcribo:
Una oportunidad para la monarquía tradicional

El panorama de esta crisis no puede ser más sombrío ni más absurdo. Un partido político ha gobernado durante siete años. En todos los niveles de la administración ha dejado vacías las arcas y las instituciones endeudadas. Se ha cambiado de partido gobernante. Y éste no ha tenido más remedio que reducir gastos y elevar los impuestos. El pueblo fue expoliado. Y ahora es oprimido para arreglar las consecuencias del expolio.
Los bancos se metieron en unas operaciones aventuradas. De ellas han resultado unos agujeros que exigen inyecciones de dinero público. De dinero del pueblo.
Las cajas de ahorro, instituciones financieras populares, han sido gestionadas por incompetentes, generalmente procedentes de los partidos, que las han llevado a la ruina. En su remedio hay que recurrir a los fondos públicos que aporta el pueblo.
El pueblo español, impotente e inerme, está siendo expoliado, desplumado y oprimido. Esto bajo un régimen político que llaman democracia y que dicen que el pueblo se dio libremente.
En teoría tenemos un "Rey". Los españoles siempre vieron en el rey su defensa contra los abusos de los poderosos. ¿Qué hace ese Rey en tales circunstancias? Nada, porque no puede hacer nada. Los políticos nos impusieron una Constitución que le obliga a permanecer, no sabemos si indiferente, pero al menos inactivo, ante las injusticias que se cometen con el pueblo.
¿Para qué sirve entonces el Rey? Para dar al sistema una estabilidad que no le puede dar la República; como se ha demostrado en dos ocasiones.
El liberalismo es un puro sueño. Es algo que prescinde de la naturaleza. Su postulado fundamental que pone a la libertad, entendida como ausencia de toda obligación, como el fin supremo, lleva consigo la disolución de la sociedad. Por eso el liberalismo tiene que ser inconsecuente con su postulado, ceder ante la naturaleza e, incluso, recurrir a instituciones tradicionales como la Monarquía para poder subsistir.
Y henos aquí con una "monarquía", institución que se justifica como defensora del pueblo frente a los abusos de los poderosos, dando estabilidad al sistema político partitocrático que padecemos. Al sistema político que se ha manifestado como una expoliación del pueblo en beneficio de los partidos y los poderosos. Haciendo de la Monarquía lo contrario de lo que debiera ser.
No queremos república. Porque es menos mala la opresión que el caos. Y la República en España por dos ocasiones ha terminado en un caos en el que ni los mismos republicanos se han entendido. Pero no podemos resignarnos a vivir bajo la opresión. Por eso queremos una Monarquía. Pero no una república coronada como la de don Juan Carlos; no una falsa monarquía de opereta que tiene los días contados, sino una Monarquía auténtica y legítima: hay una oportunidad para la monarquía tradicional.
Porque actualmente el liberalismo está utilizando la institución para lo contrario de aquello para lo que fue instaurada.

viernes, junio 22

De Misas por el mundo: San Francisco

Era domingo y llegaba con tiempo más que suficiente. Por ver si colaba busqué una Misa tridentina y la encontré. Y no solo la había sino que además era a una hora la mar de conveniente. No es habitual tal cúmulo de felices circunstancias en mis viajes, de modo que había que aprovecharlo. 

El lugar era la "Immaculate Conception Chapel" (la de la foto) situada en el barrio de Bernal Heights. Considerablemente feíta por fuera y con un interior suficientemente "kitsch" para ponerle a uno nervioso. Aquí se puede ver (más o menos) el interior de la iglesia. La imagen que está en el techo presidiéndolo todo es la Inmaculada de Murillo. A los lados del Altar Mayor, había dos altarcitos, el de la izquierda dedicado a San Francisco de Asís y el de la derecha al Sagrado Corazón de Jesús. Los ventanales de las paredes laterales tenían vidrieras con imágenes de diversos santos y santas.

Lo que ocurre es que una Misa tridentina cantada lo transforma todo, hasta lo más "kitsch" del mundo. Posiblemente porque lo pone a uno fuera de este mundo. Hasta el coro, que ponía más ganas que oficio, tenía un alegre sabor de  cosa artesanal. A la vuelta de comulgar pude ver que los miembros del coro eran todos negros, lo cual me dejó bastante confundido, pues estos suelen tener bastante buena predisposición para la música.

Habría treinta o cuarenta feligreses de toda raza y condición, predominando los asiáticos. Supongo que la mayoría filipinos, porque San Francisco está lleno de filipinos, pero me juego el brazo a que la señora que se sentaba en el banco a mi izquierda era japonesa. 

Todas las mujeres se cubrían con mantilla, sombrero e incluso había una con pinta de hippy que vestía con bastante soltura una boina roja. El tener la cabeza cubierta añade habitualmente un punto de elegancia a la mujer, independientemente de como vaya vestida (entiendaseme). Los hombres suelen ir más de su padre y de su madre, y al no contar con prenda que les cubra parecen cualquier cosa. Desde el simpático caballero muy correctamente vestido con un traje de alpaca color pardo claro, hasta el joven con camiseta negra y vaqueros. El señor del traje de alpaca me requirió para que, ceremoniosamente, pasáramos el cepillo que consistía en una larga vara de mimbre que en su extremo tenía un recipiente del mismo material forrado de terciopelo verde.

Como suele ser habitual, el recogimiento, la tranquilidad, el ritmo medido y, en fin, el silencio eran norma. Eso a pesar de que los monaguillos (un niño sudamericano, un joven anglosajón y un anciano asiático) andaban un poco "peces", pero eran bien dirigidos por un diácono o sacerdote muy alto que con unos pocos gestos se hacía entender rapidamente. 

La homilía versó acerca de la Presencia Real. Fue muy instructiva, posiblemente demasiado, porque el cura se dedicó a glosar a Santo Tomás de Aquino y la cosa resultó más una lección magistral que un sermón. Pero algo aprendimos.

Al final de la Misa hubo procesión (dentro de la iglesia) con el Santísimo y luego Exposición y Bendición. Son muy entrañables estas pequeñas comunidades entregadas a sus modestas procesiones. Es otro catolicismo.

En fin, si pasáis por San Francisco, no dejéis de ir a la "Immaculate Conception Chapel". Y el puente del Golden Gate, que está más visto que el tebeo, lo dejáis para otro día. No os arrepentiréis.


De Misas por el mundo: Londres
De Misas por el mundo: Nueva York
De Misas por el mundo: Edimburgo

domingo, junio 17

Comentarios de un nostálgico

Muchas veces amables lectores de esta bitácora me dejan quejosos comentarios sobre lo absurdo que es remontarse o mirar al pasado y sobre lo inmensamente más importante y útil (definame usted "utilidad" por favor) que es estar a lo que de hoy, al día y dejarse de nostalgias estériles y de aguas que no volverán (creen) a mover molino.

"Rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras" suele decir la letra pequeña de los productos de inversión. Alguno ha leído eso y lo aplica al devenir político de la humanidad. Según le conviene.

Pero, claro, uno tiene la manía de remontarse y mirar al pasado como si el pasado pudiera servir de referencia. Y lo hace por estar convencido que la esencia del hombre cambia poco a lo largo de la historia. Los pecados de hace 5000 años son los mismos que ahora, y las virtudes también.

La Biblia contiene esencialmente todo lo que es necesario saber sobre la naturaleza humana. Lo que ha venido después son desarrollos, precisiones y aclaraciones sobre lo que ya estaba escrito. Cada día estoy más convencido de esto. 

Hablo ahora con mucho pepero (simple votante o convencido afiliado) desengañado. Resulta que Mariano SI que les ha decepcionado. Y lo dicen convencidos y contritos. Más de uno (y no hablo de progres bajo piel de pepero, precisamente) llega a confesar ahora que el movimiento del 15M les hizo concebir esperanzas. Al final llegan a la conclusión de que no volverán a votar jamás por ningún partido político. E insisto, lo dicen convencidos. Yo les animo, porque por ahí se empieza. Muchos conozco que empezaron así y acabaron con una boina roja en la cabeza. 

Pero también digo que para el nostálgico que conoce cuatro cosas mal contadas y peor aprendidas de historia política, lo que hoy ocurre no le causa sorpresa alguna. Lo cual no se si es bueno o malo, porque ocurre que la falta de sorpresa lleva al aburrimiento.

Y va a resultar que León Bloy ("Cuando quiero saber las últimas noticias, leo el Apocalipsis") tenía razón. Pero claro, este era un radical (fíjense en la cara de mala uva que pone para la foto, no hay que decir más)