domingo, septiembre 15

El niño del tsunami

De los más vivos recuerdos que me quedan de la niñez está el cuento aquel que narra la historia de un niño japonés que vive en un puebluco junto al mar.

Un día cualquiera el niño pasea por los cerros que rodean el pueblo cuando, de repente, algo llama su atención y echa a correr hacia los bancales de arroz que están un poco más abajo. De no se sabe donde agarra una tea encendida y prende fuego a las tierras cultivadas, el más precioso tesoro que tiene el pobre pueblo.

Abajo en la aldea alguien se da cuenta de lo que está sucediendo y grita desaforado, llamando la atención de sus habitantes, que corren a atrapar al desalmado pirómano.

El chico huye monte arriba perseguido por los indignados aldeanos. Cuando al fin le echan mano, el niño les dice:
- Daos la vuelta y mirad.
Y lo que ven es que un enorme tsunami ha inundado el pueblo entero y las tierras de arroz. El chico quemó el campo para salvar sus vidas.

En ocasiones, para intentar consolarme, pienso que el Papa Francisco es como el niño del tsunami y que está armando una gorda para salvarnos de algo peor.

Confieso que, más frecuentemente, lo veo como la encarnación del tsunami. 

Un tsunami del que no nos avisaron los que debieron haberlo hecho, bien porque se quedaron plácidamente dormidos debajo de la higuera que hay arriba del cerro, o más probablemente porque quedaron bloqueados de terror. 

Pero si que hubo algunos que avisaron y sus figuras va adquiriendo una poderosa nitidez.