domingo, mayo 3

Una triste baja

La familia no lo ha sufrido directamente, aunque si que nos han dejado algunos buenos amigos. Hemos sentido en particular la muerte de un virtuoso sacerdote, hombre de honor, inteligente y socarrón que, entre otras cosas, ofició el inolvidable funeral de nuestra madre.  Allí nos regaló aquella homilía, la mejor que he escuchado nunca.

No voy a mezclar la política con esto por la sencilla razón que no creo que ninguno de los otros lo hubiera hecho mejor. No existe en España político con la inteligencia suficiente para verlas venir y muchísimo menos con la valentía para, vistas o no vistas, jugarse una mínima parte de su futuro precaviendo contra imponderables de esta magnitud.

Toda esta historia del virus entra magníficamente en la descripción que hizo el gran Nassim Taleb del "Cisne Negro": un hecho con probabilidad mínima de ocurrir, pero que si ocurre tiene un impacto desproporcionadamente negativo. Y, en España, hay muy pocos capaces de ver llegar un Cisne Negro, y muchos menos equipados intelectualmente para espantarlos.

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Pertenece a otra dimensión infinitamente alejada de tantos duelos que no han podido serlo en paz, de tanto velatorio inexistente y de tanto llorar a los nuestros sin poder siquiera despedirlos.

No se compara, no puede compararse, con el sufrir de tantas personas fallecidas en la tépida soledad de una UCI, muchas sin el consuelo de un buen sacerdote que tanto habrían deseado, y las más sin las proverbiales manos de un bueno hijo para cerrarles los ojos. 

Pero no por eso quiero dejar de hablar del anunciado cierre, hace unos días, de la librería "Los Editores"  que me ha dejado con una sensación de orfandad complicada de asimilar. Ellas dijeron que nada tenía que ver con el virus, y conociendo algo la historia de la librería, es posible que en parte sea así, pero también pienso que lo de ahora pudo precipitar una situación poco sostenible.

Entre tanta tragedia humana hablar del cierre de una librería parece una frivolidad impropia de un cristiano, pero es que aquel era un lugar muy especial, uno de esos sitios que hace de Madrid, Madrid. Un espacio inesperado ubicado en un sitio menos probable, una casa acogedora, con un orden diferente en su elegancia y pulcritud, donde el entusiasmo por los libros es seña de identidad, y donde el cliente es amigo con quien se conversa sin prisas, compartiendo lecturas e ideas aun cuando estas resulten más bien contrapuestas.

Hasta se atiende a los niños con interés y dedicación. 

Aquellas dos chicas que se ocupaban de la librería, tras sus gafitas redondas de intelectual antifascista, me recordaban poderosamente a mis tías cuando yo era un niño. La apremiante calidez que estas ponían en encender en mí el interés por la lectura, era la misma que las dos libreras (no las llamaré dependientas) ponían en su quehacer comercial.

Se acabaron los desayunos en Quintin seguidos de la expedición por Los Editores para rebuscar entre cientos de obras curiosas y encontrarse con maravillas como "Las Rosas" de Eça de Queirós

No puedo quejarme ante tanta desgracia, pero un cacho de alma si que me han quitado.